Quique Falcón

Al llegar al parking de las Escuelas San José cientos de recuerdos se agolpan en mi cabeza e, inexplicablemente, me sorprende el trasiego de mochilas y uniformes del que una vez fui partícipe. Cuando miro el reloj, instantáneamente me traslado a aquella clase de literatura de una tarde que no fue cualquiera. “¡Ay, qué terribles cinco de la tarde! ¡Eran las cinco en todos los relojes! ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!” con estos versos nos introducía en el universo lorquiano Quique Falcón (Valencia, 1968), profesor, poeta, activista social y, por encima de todo, amigo. De su figura enjuta y sus bigotes teñidos de tabaco se desprende toda una concepción del universo forjada a base de libros, amistades y batallas. A esta cita acuden los Imprescindibles al completo, teniendo así el privilegio de disfrutar de primera mano una lección más del maestro, pero esta vez lejos de las aulas. Con un café pendiente como excusa, primero nos ponemos al día de nuestros asuntos para, acto seguido desplegar la artillería pesada.

captura-de-pantalla-2016-12-15-a-les-18-05-15
Quique Falcón.

Pregunta. – ¿Crees que la educación es una herramienta transformadora de la sociedad?

Respuesta. – Sí. Lo que pasa es que lo tengo que pensar cuando estoy en momentos bajos (ríe). Entonces saco una hoja de Hugo Asmann –un gran activista por los derechos humanos en Sudamérica­- que dice que la educación es una de las principales fronteras de la lucha política y transformadora de los movimientos sociales. ¿Que se produzca constantemente y en todos? No. ¿Que haya garantía de que ese efecto sea universal y permanente? Tampoco. Pero tiene una incidencia increíble en determinados momentos y en determinadas personas.

P.– Cuando hablas de bajón… ¿lo dices por ti, por tus alumnos o por el sistema educativo?

R.– Por muchas razones. Cuando ves que el mismo sistema te da pocas maniobras para poder jugar con elementos realmente educativos y se pone muy instructivo y funcional… La escuela también tiene una labor social de reproducción del status quo y generalmente se legisla en esa dirección, dejando espacios de maniobra verdaderamente pequeños. Yo esos espacios me los tomo como desoladores.

P.- ¿Ves tú algún cambio en los jóvenes de ahora?

R.- Por supuesto. Y aquí te hablo como educador: en España se ha producido una quiebra con el contrato educativo que nunca había ocurrido. Yo ahora estoy trabajando con la primera generación de españoles que va a vivir peor que sus padres. Lo que yo decía a mis alumnos de Formación Profesional hace 20 años –que con una cierta ética del aprendizaje y del esfuerzo ahí fuera hay un puesto de trabajo— ahora no lo puedo decir. Puedo decir que te lo deseo, pero sé que ese pacto se ha roto.

P.- Eres profesor de lengua y literatura y apasionado del arte ¿Crees que las humanidades están infravaloradas? ¿Cuál consideras que debería ser la utilidad que estas tienen en la vida de los individuos?

R.- Las humanidades están altamente infravaloradas en el sistema educativo de nuestro país. A raíz de mi larga experiencia en este campo he percibido como se les va recortando el terreno. Me descoloca leer los informes de los directivos de multinacionales, cuando los cabrones dicen que en puestos de responsabilidad la gente con formación humanística da mejores resultados porque son más flexibles, más interdisciplinares, más creativos… que el mundo de la empresa, ideológicamente a mi juicio, más terrible, valore las capacidades que tiene una persona formada en las humanidades y, sin embargo, que en el ámbito educativo cada vez tengan menos importancia. En mi campo sin ir más lejos, la gramática se come a la literatura. Ha habido un recorte del discurso humanístico a nivel social, nuestra cultura lo reduce.

P.– Si la gente tiene una percepción menos útil de estas ciencias ¿Qué es lo que rompe con la realidad del poder real de las ciencias humanas, con la concepción de su poder?

R.– Es lo que dices: la utilidad. Y ahí se ha producido una ruptura. Entendemos que determinadas actividades humanas son “útiles” si lo son en términos productivistas. En la universidad te darán un proyecto de investigación si eso al final puedo colocarlo en una empresa y produce. Pero el concepto de utilidad es mucho mayor que el productivismo.

P.- ¿Hablamos de dinero?

R.– Hablamos de dinero. Y la filosofía no gana dinero. En ámbitos científicos, la ciencia especulativa, que da la base para saltos de nuestra generación, tampoco es financiada. Lo que ha quebrado es el concepto de utilidad, lo hemos reducido muchísimo. Claro que las humanidades son utilísimas. A parte de que tenemos poco desarrollo, tenemos una visión muy parcial de lo que esto supone. En consecuencia, determinados discursos “aparentemente” inútiles desaparecen del orden del día.

“En España se ha producido una quiebra con el contrato educativo que nunca había ocurrido. Yo ahora estoy trabajando con la primera generación de españoles que va a vivir peor que sus padres”

P.– Si uno conoce más sobre tu figura, no se sorprende al ver que el arte ha tenido un papel determinante a lo largo de tu vida. Sería interesante saber cómo han influido en ti el arte en general y la literatura en particular. ¿Cuál es el objetivo final de la creación artística?

R.–Hay mil teorías sobre el arte, de apreciarlo y de agradecerlo. Quien quiera percibir la experiencia artística como una experiencia de entretenimiento y evasión, yo no soy nadie para desmerecer eso. Puede que esa persona lo necesite. Pero para mí, si el arte no tiene que ver con la vida, está muerto. En el fondo, cuando me enfrento al hecho artístico, me ayuda contrastar mi vida y la vida de los que me rodean, con la excusa de esa manifestación artística. Si esa pieza está hablando de eso, es útil, aunque no pueda medirse en euros, pero sí en procesos de contraste, autoconciencia, de profundidad… eso lo podemos encontrar tanto en el arte como en una conversación, en el silencio o en la experiencia de la vida. A veces yo también necesito ponerme una película para no pensar durante hora y media, pero no es lo que le exijo al cine.

P.– Pero está dentro de la oferta…

R.- Lo que pasa es que la Academia lo bautiza como canon artístico. En ocasiones discursos artísticos que no son tan contemplados por ese canon, son los que están movilizando la vida de la gente. El canon en muchas ocasiones es injusto. Uno de los principales fenómenos literarios es la narración oral de la gente que se junta y cuenta historias. Sin embargo, otros dicen que es Javier Marías. ¡Pero si a Javier Marías ya no lo lee ni Dios!

P.– También trabajabas con gente de FP en el Barrio del Cristo… 

R.– Yo empecé trabajando con niños en el barrio del cristo, luego fueron jóvenes –la mayor parte de ellos no estudiaba— y algunos de ellos acabaron en prisión. Y mola mogollón porque estoy acompañando la biografía de una persona. Pero no, solo algunos hicieron FP, otros se pusieron a trabajar, otros eran “ninis” y otros currantes. La mayoría de ellos eran currantes.

P.– Y después de todos estos años y ver que algunos casos no llegan a buen puerto. ¿No te dan ganas de tirar la toalla?

R.- No, porque yo creo que hay algo que aprendes en tu primer año de voluntario: los ritmos de una persona que vive en un contexto de exclusión social, no son los mismos de quienes no vivimos excluidos. Yo me puedo exigir una cierta progresión o un cierto esfuerzo, ¡que luego soy el primero en incumplir, eh! Pero cuando hay una toxicomanía o una exclusión social por medio, los ritmos son desesperadamente lentos y hasta regresivos. Regresivo significa: “joder, llevo trabajando con esta persona 5 años, parece que está saliendo y va y el cabrón vuelve a consumir y la vida otra vez a la mierda”. Pero hay que asumir que, aunque la persona fracase o vuelva a consumir, sigue siendo una persona que merece la pena, y por eso seguiré contigo. A pesar de que hijo de puta tío, no tenías que haber hecho esto. Y ahí lo importante no es tanto la tarea que haces con la persona como la fidelidad que tienes con ella por lo que vale por sí misma. Con presos eso se ve a la primera. ¿Cuántas posibilidades tiene un preso de volver a reinsertarse en la sociedad en España? No creo que llegue al 5%. La mayor parte de la gente que, gracias a Dios, cumple la pena y vuelve a la calle, volverá a delinquir. Claro que lo hará. Lo haría yo.

P.- ¿Son malos tiempos para ser anarquista?

R.–(Ríe). Qué va, siempre son buenos tiempos y estos todavía más, son geniales. ¿Por qué? Porque se están produciendo cambios brutales. Todas las generaciones vivimos épocas de cambios y hay que estar comprometido y los movimientos sociales se articulan en función de los cambios de cada periodo histórico. Pero yo estoy convencido de que lo que se está produciendo ahora es un cambio de ÉpocaEsto, depende de lo que hagamos nosotros. Hace unos días estuvo aquí en Valencia uno de los mayores intelectuales de este país: Jorge Riechmann, también poeta. Ha escrito un montón sobre movimientos sociales y políticos, sobretodo ecología. Lo que ha venido a decir con su tesis es que el capitalismo se hunde, no como se calculaba, sino en 15 años. Se puede acercar o no ese análisis, pero la pregunta que le hago es: ¿y qué viene luego? Entonces él me responde que puede que lo más normal es que algo peor. A no ser que, en ese momento crucial de época, haya ese discurso humanístico y una ciudadanía con valores que decida no entregarnos a la barbarie, sino mirar hacia la civilización. El momento es apasionante. Él lo llama “el siglo de la gran prueba”. Por el momento, los alumnos a los que imparto clase ya están empezando a vivir como mis abuelos.

P.- ¿Tú crees que hasta ese nivel?

R.– Hombre, yo veo un 50% de paro juvenil en España. A mí me dicen hace 20 años que en el siglo XXI íbamos a vivir en una sociedad en la que 1 de cada 3 niños vive en situación de pobreza y me saldría decir: “¡pero que pesimista eres macho!”.

“Las maneras que adoptan las élites que gobiernan el mundo son más difusas. No es Rajoy, ¿eh? Rajoy es un elemento más, pero ni siquiera es el que toma las decisiones”

Es uno de cada 3. En mi época llamábamos mileurista al desgraciadito de turno. Ahora vosotros os podéis reír de nosotros diciendo: ya me gustaría a mí ser mileurista. La pregunta es si eso va a producir un cambio o no. En el último libro de Slavoj Žižek hay un momento en el que se menciona a los jóvenes españoles. “Se está formando un sujeto revolucionario en España que son, jóvenes universitarios con un nivel de preparación altísimo a los que el sistema no les ofrece nada”, afirma. Eso provoca un desencanto que puede organizar las ganas de cambiar esto. Porque además tenéis las herramientas intelectuales para hacerlo. Es apasionante.

P.– Yo creo que se juntan dos cosas. Una, que esta misma juventud española no ve unidad y dos, probablemente, para este gran cambio hace falta romper totalmente con el nacionalismo y pensar a otros niveles

R.– Por supuesto. Desde una perspectiva libertaria e incluso marxista se rompen las dinámicas nacionales. Yo no puedo imaginar un mundo distinto sin tener en cuenta a los jóvenes italianos, a los jóvenes marroquíes o a la gente de Siria. Es un viejo debate del sindicalismo. Yo no puedo defender a la clase obrera valenciana sin tener en cuenta los intereses de la clase trabajadora en la India. Porque a lo mejor, defender a mis compañeros allí, significa cerrar empresas aquí.

P.– Ese ejercicio de empatía se hace a un nivel individual, pero desconozco cómo acaba ocultándose. No sé si es por los medios o por nosotros mismos acabas pensando que esa idea es únicamente tuya y al final no tienes el valor de compartirla.

R.– O es una idea filosófica muy superficial. Creemos en la universalidad de los Derechos Humanos. Pero cuando esos derechos se concretan en el día de hoy y tienen que ver con mi vida, nos paramos a pensar. También ha cambiado una cosa en 20 años. Yo viví lo que supuso el 92: yo dejaba de ser un joven africano para pasar a ser un joven europeo. Empezamos a soñar que somos parte del primer mundo. Veníamos de una sociedad tremendamente atrasada. En los años 80 España despega y fuimos capaces de hacer la transición que hizo Francia desde la IIGM en 15 años. Y sin embargo he visto un retroceso ahora. Aunque os lo toméis desde el lado más cenizo, no es un tiempo cualquiera. Y aunque fuera una etapa cualquiera: es la nuestra. Tal vez los teóricos de ahora no tengan razón, pero coño, es nuestra época.

P.– Al final cada generación es capaz de trascender en la historia haciendo lo que puede, pero no lo que quiere.

R.– Y lo que le toca. Pero no sabemos cuáles son las herramientas para llevarlo a cabo. Ahora no tenemos herramientas, ahí percibo cierta desorientación. La clase obrera del siglo XX sabía que tenía que hacer.

P.– Eso parte un poco de la desorientación propia de la lógica posmodernista en la que cualquier alternativa al panorama actual se percibe como insulsa.

R.– Y también que el mundo que habitamos es mucho más complejo. ¿Dónde está el enemigo? Antes la izquierda sabía que estaban en el Estado. Ahora ya no. No se trata solo de votar. Las maneras que adoptan las élites que gobiernan el mundo son más difusas. No es Rajoy, ¿eh? Rajoy es un elemento más, pero ni siquiera es el que toma las decisiones. Y luego al final la gente asume esa lógica. ¿Quién vota a Trump en EEUU? Pues gran parte de la clase obrera norteamericana. Pero lo que expresa ese voto es que el sistema no está funcionando.

P.- A mí todo eso me asusta, los poderes fácticos. Se está usando así para hablar de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, el “deshielo”.

R.– En mi ideografía me afectó mucho cuando en Francia sube a la república Mitterrand con un programa que prometía, socialdemócrata y al cabo de tres meses pide perdón al electorado diciendo: “lo siento, no puedo cumplir el programa. No es por mí”. Es decir, la política ha pasado de lo legislativo a las fuerzas económicas, fuerzas que, por cierto, no hemos votado.

P.– Sobre eso he hecho una reflexión acerca del papel del Estado y no sé si este, con otra concepción diferente a la actual, podría servir para poner freno a todas las fuerzas escondidas.

R.- El estado griego en un momento determinado quiso hacer lo que pedía la gente. Y la UE se lo negó. El Estado griego se vendió a la lógica de la UE dejando atrás a la gente. Estuvo a punto de conseguirlo, pero fue una derrota. Las fuerzas que superaban a Tsipras en Grecia y fuera de Grecia son las que vencieron y no el pueblo. Ahí se plantea el tema de la soberanía. Si la tienen los que forman parte de intereses ajenos a nuestra capacidad de liberación, el sistema entra en crisis.

P.– En este contexto y como anarquista que eres… ¿Qué supone para ti el hecho de votar?

R.– Para mí es una cesión. Muchos compañeros anarquistas no pisan un colegio electoral. Yo me he acercado a casi todas las convocatorias electorales, porque sí creo en determinada incisión de la administración en la vida de la gente de mi barrio. Cuando veo que no llega la pasta, me gustaría ver en el ayuntamiento de mi barrio, en la Conselleria e incluso en el Estado Central, fuerzas que favorezcan un determinado tipo de presupuesto.

P.– ¿Pero eso no se observa solamente a nivel local?

R.– No no. A nivel nacional también. Yo noto que decisiones tomadas en Madrid afectan directamente a la vida de la gente. No todo pasa por el alcalde (ríe). Yo voto sabiendo que la fuerza de mi voto no tiene la capacidad de solucionar todo esto, pero que puede orientar políticas municipales, autonómicas, e incluso europeas en este caso hacia determinado lado, yo lo aprecio. Entonces veo necesario votar a lo que considero que es lo menos malo.

P.– No sé si estás al tanto de la revolución kurda en Rojava pero funciona de esa forma. Trabaja de abajo arriba organizándose mediante confederaciones.

R.– Ese es el sueño libertario. Es una perspectiva del poder completamente distinta, que en el fondo se basa en el contrato social de la Ilustración. El gobierno gobierna nombrado por el pueblo y para el pueblo. Una democracia representativa de libro se parecería más a ese sueño anarquista radical que planteas, que lo que nosotros tenemos hoy como modelo de gobierno. Eso llevaría a los gobiernos a consultar, a derivar competencias…

El sueño más extremo son las comunidades conocidas como “Icaria”. Esto es, cojo a mi pareja y a mis hijos y montamos en un pueblo okupado, una vida totalmente independiente. Yo tengo compañeros que no utilizan ni un puto duro en Valencia y funcionan a base de trueques. Son intentos que ocurren incluso en nuestra ciudad pequeños, parciales, que están bien para estos grupos, pero no suponen una solución para el grueso de la población.

P.– Cambiando un poco de tercio que si no nos vamos a poner muy cenizos… ¿Para ti qué ha supuesto ser de espiritualidad ignaciana?

R.– Eso son adjetivos que concretan un poco más todo el mundo abstracto de la espiritualidad. La espiritualidad no entiende de eso. Para mí no es lo básico ser ignaciano, porque puedo reconocer esa identidad en otras confesiones religiosas. Por ejemplo, una noción que el islam tiene muy clara es la de que se produce constantemente un combate interno en mi interior, y aceptarlo y saber jugar con ellas, es vivir. Esa concepción trágica de la vida la comparten muchas espiritualidades.

P.– Es cierto que en ocasiones los límites del lenguaje pueden resultar hasta excluyentes.

R.– Parece que vives en una cultura en la que si no tienes adjetivos que te definan no eres nadie y al final te das cuenta de que son putos letreros y nosotros somos más complejos que unos cartelitos.

P.– Hay una cita de Serj Tankian que dice: “las definiciones atadas al cuello de las personas asfixian la verdadera esencia de tu identidad”.

R.– Y a veces muchas de nuestras disputas tienen más que ver con las etiquetas que con las personas. Claro que hay que asumir ciertas etiquetas, yo soy ignaciano porque eso describe parte de mí, pero ni me identifica ni lo tengo por qué defender. Son aproximaciones y tenemos que recordar que son etiquetas. Eso pasa mucho en el tema de espiritualidad. ¿Cómo es posible que gente con la misma intuición de la vida acabe separándose y enfrentándose, cuando comparten lo mismo?

A veces hay fronteras que nos ponen otros y las creemos. Al menos hay que tener sentido del humor con las etiquetas.

P.– El otro día descubrí en clase de árabe el significado de la palabra talib, que da significado a la palabra talibán. Significa estudiante.

R.– Fíjate. Pues eso ayuda mucho. El islam es una religión que empieza con un verbo: lee. Y seguro que hay salvajes entre ellos, los hay entre mis filas…Pues eso es lo que lima diferencias, el interés por conocer al ser humano. ¡Que no el objeto directo, coño!

img_0683
Quique Falcón lleva más de 20 años ayudando a personas en riesgo de exclusión social en el Barrio del Cristo. Fuente: propia

P.– ¿Crees que el periodismo pinta algo en medio de todo esto?

R.– El periodismo es clave. Las élites no son tontas y saben el poder que tienen los medios y los controlan, y tratan de influenciar en ellos como tratan de hacerlo en el sistema educativo. Pero los periodistas tienen un margen dentro del sistema para contar la verdad. Que lo pongan jodido, no lo dudo. Lo que a mí realmente me ha liberado en muchas ocasiones ha sido gracias a la labor de periodistas. No soy yo quien de repente tiene una visión, sino gracias a periodistas que han hecho fotos o relatado realidades en un sistema de comunicación terrible, pero con sus espacios.

P.– En la pasada entrevista con Roser reflexionamos sobre la dedicación y el discernimiento entre la esfera personal y la profesional. ¿Te has planteado que posiblemente no debas influir de esa forma en tus alumnos?

R.- El papel de un educador es influir, educar. El mito de la objetividad. ¿qué objetividad ni que ostias? Nuestro objetivo es influir. Donde la gente no conocía, que conozca; donde no reflexionaba, que reflexione; donde la gente carecía de esa quinta opinión, ofrecerle esa quinta opinión. Luego, por supuesto es la gente, con todas sus influencias, la que es libre de tomar una decisión. Nuestro objetivo es incidir en la gente. Conocéis el ejemplo del caso…

P.– ¿Dreyfuss?

R.– Eso. Menos mal que Émile Zola acusó al gobierno. ¿quiso influir en la sociedad francesa? Pues claro. Es más, quiso derribar a ese gobierno y lo consiguió.

P.– Hay una pregunta auxiliar que empleamos con todos nuestros entrevistados a raíz de una coincidencia con todos los entrevistados. Así de primeras ¿qué te sugiere el desierto?

R.– Lo peor del desierto es que nunca ves dónde acaba. A mí es lo que más pánico me da. Para mí no es una experiencia de vacío, una experiencia de soledad ni nada por el estilo, no lo enfoco así. Es la posibilidad de que los límites del desierto estén muy lejos. Y lo sorprendente de mucha gente que ha muerto perdida en el desierto es que muchas veces han tenido la salida tres dunas más allá. Es algo que me obsesiona. Yo nunca he estado en un desierto –más allá de lo que haya pisado en Almería, que empieza a serlo— el temor no es quedarme sin cantimplora o deshidratado. Es no saber por dónde se sale. ¡Esta pregunta auxiliar es una pasada! Seguro que cada uno os responde una cosa totalmente distinta.

P.– Es que dio la casualidad de que varios entrevistados conforme fluía la entrevista compartían sus visiones sobre el desierto y en algunos casos hablaron sobre él sin que lo mencionara.

R.– Para un poeta como yo el desierto no es una cosa real, es la falta de creatividad. Para un creador no es algo en lo que no hay tiempo ni vida, sino la incertidumbre de saber cuánto va a durar. Porque pueden ser meses e incluso años. Es que macho, ese último poema que has escrito no va a superar a nada que puedas hacer jamás

P.– Hay que vivir sabiendo eso.

R.– No está mal vivir en desierto. De esta forma aprecias el oasis mejor cuando llega.

P.– Personalmente me interesa saber, aunque sea de forma sintética por qué tú eres anarquista.

R.– Fue de jovencillo, me influyeron muchas lecturas y fundamentalmente por experiencias. A los 25 años me voy a vivir con mi primer sueldo al barrio del Cristo y allí entro en contacto con comunidades anarquistas. Gente que vive sencillamente, no poniendo sus expectativas en dinámicas de poder, con un estilo de vida sencillo y feliz, sin complicarse la vida. Y entendí que ese estilo de vida tenía algo que ver con la concepción de esta. Volvemos al tema de las etiquetas, pero sí, cuando empezamos a hablar de anarquismo o vida horizontal, hablamos de eso. Tampoco desprecio otras tradiciones. En mi visión política me han influido el marxismo, la socialdemocracia, el comunismo libertario… No soy puramente un anarquista.

P.– Gente que hace del ejemplo el mejor de sus argumentos.

R.– Es algo que se ve. A mí me hace mucha gracia Eutiquio, un cura que tiene cuatro titulaciones universitarias y es anarquista. Él suele decir: “mira, por la tarde estoy en misa y doy las hostias, y por la mañana estoy en el sindicato y me las dan a mí”  pues ese estilo de vida. Y vivía en una casa que no tenía cerradura para ofrecer un sofá o un plato de sopa a la gente. Yo soy un acojonao. Tengo 48 años y todavía no me he hecho mayor, pero quiero ser como él. Era un puto anarquista, y encima cristiano. ¡Es que es un puto cura! La gente es maravillosamente contradictoria y feliz.

P.- ¿Qué te llevó a ser profesor?

R.– Lo recuerdo perfectamente. Saliendo de una clase de literatura en octavo de E.G.B dije: “ya sé a qué voy a dedicar el resto de mi vida”. Llegué a casa y le dije a mi padre -era albañil- que qué había que hacer para ser profesor de literatura. El pobre que no tenía mucha idea me sugirió que ahorrara para hacer el bachiller y después, tal vez tendría que estudiar una carrera que no sabía si era la de filología. ¿Y qué ocurrió? Que tuve a un profesor que, en esa clase, no sé lo que hizo. Ese tío es Alfon Cervera, uno de los escritores valencianos más conocidos ahora, os lo recomiendo.

P.– Una pregunta un tanto comprometida pero con poco misterio: ¿Te arrepientes de algo?

R.– Uf, pues claro que sí. De muchas cosas. Sé que está bien decir que no, pero algunas decisiones que he tomado me gustaría haberlas cambiado. En la relación educativa metemos mucho la pata. “Me he pasado siete pueblos” “He sido muy blando”, “aquí debería haber intervenido. Pero en ese momento, posiblemente por comodidad, me la sudaba. Pero sobretodo en relaciones con mis allegados.

P.– Te perdonas a ti mismo?

R.– En algunas ocasiones no he sabido perdonarme. Sé que se me perdona y confío en eso, pero personalmente no lo he conseguido en algunas situaciones. Sobre todo, cuando son irreversibles porque está la muerte de por medio. Hay personas a las que he perdido y la muerte me impide perdonarme. Y sé que tengo la fuerza y el derecho para hacerlo, pero en algunas situaciones no lo he conseguido. Ahora está de moda decir que no nos arrepentimos, y que somos libres, pero no me lo creo.

P.– ¿Proyectos que tengas en marcha?

R.– Hace algo más de un año que he vuelto a la ciudad y eso para mí es un proyecto en el que no me encuentro: situarme en la ciudad. Aquí todavía no sé dónde estoy. A nivel personal, estoy en un momento realmente creativo. En Valencia en primavera organizaremos un “voces del extremo”, donde pondremos en contacto a creadores con la voz de los ciudadanos. Aquí lo importante no es el arte, sino el hueco que le hace la gente en sus vidas.

P.- ¿Un libro o una obra vital para ti?

R.– Rimbaud. Me llevaría su obra completa. Ese autor que me hizo leer aquel profesor. Un chaval que escribió toda su obra entre los 16 y los 19 y es el padre de la poesía moderna. Pensar que alguien escribió esas joyas a la edad de mis alumnos.

Apagamos la grabadora pero seguimos preguntando. Inmersos en el debate, concluyo que Quique es un misionero de la palabra, y más concretamente, de la palabra bien dicha. Sus vivencias, junto con el techo que nos acoge, han servido como refugio durante casi dos horas. Al despedirnos, me quedo charlando con los compañeros sobre la figura de un héroe al que no le interesa dejarse ver. Quique es de aquellas personas que con solo verlas una vez, ya se echan de menos. 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. alicciamr dice:

    Brutal, no tengo nada más que decir.

    Me gusta

  2. Cayetano dice:

    Resaltar la mención de que el sistema capitalista esta en vías de extincion y que podamos evitar que venga algo peor que es lo que va ocurrir si nos mantenemos pasivos

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s